30 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

SON LAS diez en la ciudad. Tictac. Un viejo marino arrastra el paso por la plaza. Mil lágrimas de agua salada. Con verbo paranoide muestra una cartilla azul con su foto a los que cruzan. Grita que está tirado. Que cambia su historia por un cocido. Su honor por un euro. Una mujer le despacha: «Basura». Amaga un golpe con las bolsas de Zara. El viejo marino traga saliva y sigue la cantinela. El honor ya va a cincuenta céntimos. Son las once en la ciudad. Tictac. Una niña imita ante el espejo a su nuevo ídolo. Sacude sus doce años en la habitación. Baila y dice que antes muerta que sencilla. Papá y mamá pasman ante el televisor. El microondas les resucita del sopor. Papá y mamá cenan lasaña. La niña no cena nada. Está a dieta. Antes muerta que sencilla. Mamá y papá comen y callan. Va a empezar Salsa Rosa . Son las doce en la ciudad. Tictac. Un grupo de trajes apuran el whisky. Urden, negocian, cuentan y callan planes para sus tableros de ajedrez. Cada peón es una cara. Cada cara es un voto. O una moneda. O una mentira. Poco más. Porque lo importante es seguir urdiendo, negociando, contando y, sobre todo, callando. Es la una en la ciudad. Tictac. Los trajeados se citan para grandes reuniones. Tictac. El marino tirita, tose y agoniza en un banco. Tictac. Papá y mamá duermen con pastillas. Tictac. La niña fuerza el vómito en el baño. Tictac. Y un obrero le escupe al frío y prueba en la calle unas luces de Navidad. Tic. Tac.