Mónaco celebró ayer su día grande, la fiesta nacional, y lo hizo sin la presencia del príncipe Rainiero que a sus ochenta años tuvo que guardar reposo por indicación de los médicos. El balcón de los Grimaldi estaba, pese a todo, abarratado: las princesas Carolina y Estefanía ocuparon los extremos flanqueando a su hermano y heredero, Alberto Alejandro Luis Pedro ; la pequeña Alejandra se subió a la balaustrada y el padre de la niña, y también príncipe, Ernesto de Hannover, ocupó un discreto segundo plano, muchas veces tras el brazo levantado de Alberto. Pero tras la tradicional imagen de una familia real saludando al pueblo (no hay que olvidar que en Mónaco los Grimaldi reinan y gobiernan) se pudo constatar el declive de estilo que sufre el principado. La imagen que les traigo es elocuente en ese sentido, con una Estefanía triste, un Alberto preocupado y una Carolina ausente. ¿Dónde están los años dorados de mujeres hermosas y hombres felices? Cuarentones algo ajados son ahora quienes toman el relevo en el balcón y es de suponer que también en el gobierno. ¿Sabrán mantener el nivel de glamur que lo caracterizó durante buena parte del siglo pasado? El ministro de Cultura de Francia, Renaud Donnedieu de Vabres, desveló ayer parte de un misterio que durante unos días tuvo en vilo a historiadores y, sobre todo, amantes de los misterios. Resulta que los restauradores de la estatua ecuestre de Enrique IV (ya saben, el navarro que instauró la dinastía Borbón en Francia con aquel «París bien vale una misa») que había en el Puente Nuevo de París se encontraron con tres cajas de plomo en el interior del vientre de la bestia (el caballo, ojo). Los rayos equis no pudieron desvelar lógicamente qué guardaban estos tres bloques, y entonces la imaginación se desbordó. No es de extrañar porque la estatua se construyó en el año 1818, poco después de la escabechina revolucionaria, y había quien pensaba que en el interior de la misma los monárquicos habían guardado un tesoro borbónico; otros creían que se trataba de talismanes masónicos y había más de un romántico que abogaba por las cartas de amor que Enrique IV escribió a su primera esposa, Margarita de Valois, la novelada Reina Margot . Al final lo prosaico se impuso: son libros y legajos, al parecer sobre la construcción de la estatua.