«ACIERTOS garantizados». «Verdades como puños». «Predicciones rápidas, sin preguntas». «Soy tu mejor amiga. Visa, todas las tarjetas». Son algunas perlas de los anuncios de videncia. Tal cual. Acompañadas, eso sí, de las correspondientes tarifas y líneas telefónicas 806. Hay de todo. Desde brujas hasta tarotistas naturales (¿?) pasando por sesudos gabinetes astrológicos. Sólo faltan Harry Potter y Pocholo y ya se puede montar un circo de tres pistas. Y lo malo no es que figure tanto saltimbanqui de la payasada. Lo peor es tomarlos en serio. Y que aún haya quien se cuelgue a la ilusión de otear su futuro a golpe de engaño y talonario. Porque, si nos ponemos estupendos, lo peor que podría hacer en su vida un vidente es trabajar. ¿No? Calculen lo fácil que sería forrarse a quinielazos o a bonolotos. Estaría tirado conocer con antelación quién ganará la final de la Super Bowl y ligar una pasta. O dejar con los ojos como platos a los crupiers de Las Vegas. ¿Por qué no lo hacen? Sólo hay dos motivos: o son una oenegé de órdago compartiendo su don (previo pago, claro) o ni las huelen. El que suscribe se inclina por la segunda opción. Por el negocio al por mayor. Y por la mala leche que destilan aprovechando ignorancias, desesperaciones y superstición. Por otra parte, no creo que a los pitonis@s les molesten demasiado estas líneas. De hecho, seguro que ya sabían que las iba a escribir y todavía no han llamado para protestar. Demasié.