12 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE hoy dos años que navegábamos en un mar de dudas. Por qué la previsible avería de un buque viejo atrapado en medio de un temporal amenazaba con asfaltar de nuevo la costa de Galicia. Por qué ante la evidencia de la gravedad del siniestro los gobernantes de entonces se empeñaban en decir que no había para tanto. Por qué contra las recomendaciones de algunos expertos, el ministro de Fomentó ordenó enviar el barco «al quinto pino». Por qué después de haber sufrido en treinta años siete de los once mayores desastres marítimos seguíamos tan desprotegidos como en el accidente anterior. Una marea de indignación inundó Galicia. Fue la expresión de un sentimiento de estafa emocional que se iba agravando con el paso de los días mientras el petrolero dejaba su reguero de fuel y los políticos se granjeaban la desconfianza de los ciudadanos. Pero ni el Gobierno más insensible podría ignorar tanta desolación. Así nació el Plan Galicia, que no es sólo el tren rápido y un puerto exterior. Es también, como primer paso, una serie de medidas para hacer frente a la contaminación marina. Y para que, en circunstancias similares, nunca más se repita un desastre como el del 13-N. ¿Y cómo estamos hoy? Casi igual, con la salvedad de que muchos de los que se equivocaron entonces ya no pueden tomar decisiones. Pero con la misma pobreza de medios, seguimos al albur del acierto de las personas. Las dudas no se despejaron del todo dos años después.