EL NIÑO estaba haciendo los deberes cuando se le ocurrió deshacerse de su familia. Dejó los ejercicios del cole sin terminar, se levantó de la mesa, se fue al sofá de la sala y puso en el vídeo la película Shrek . Cuando la madre llegó a la casa con el hermano pequeño, el chaval que tuvo la idea de convertirse en huérfano por méritos propios, apartó la vista de la tele para recibirla con un tiro de la escopeta de caza que tenía a mano. Metió a la madre en el baño y mandó al hermano a jugar. Y siguió viendo Shrek . Después llegó la hermana, a la que no pensaba eliminar, pero tuvo que hacerlo porque la niña se empeñó en atravesar la puerta tras la que yacía la madre muerta. Los gritos y los disparos terminaron asustando al benjamín, y también tuvo que pegarle un tiro, aunque no quería hacerlo. La niña escapó, malherida, arrastrándose hasta una casa vecina. Por último llegó el padre, que también recibió otro tiro de muerte. Luego, se fue a por su bici y cerró la puerta con llave. Entre la frivolidad y el colmo del humor negro, quien escucha esta historia que ocurrió en Francia hace unos días ya no se pregunta cómo es posible semejante salvajada. Ya sabe que el chaval era un primor, que los vecinos, preguntados por los reporteros, contestarán que era buenísimo, tranquilísimo y muy educado. Ya no se lo plantea. Lo único que se le ocurre es una duda macabra: -¿Era Shrek o Shrek II?