Raros

J. C. ORTIZ

SOCIEDAD

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03 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

El Guggenheim de Bilbao ya tiene contenido. La exposición Oteiza: mito y modernidad muestra algunas de las piezas de uno de los artistas más inquietantes del siglo pasado. Y parece que, tras alojarse para siempre en ese vacío que escupen sus obras, el escultor está empeñado en seguir inquietándonos. Si en vida protagonizó una feroz campaña contra el edificio que Frank O. Gehry estaba levantando a orillas del Nervión, de muerto ha llevado lo mejor de su obra al estómago del monstruo. Extravagante, agitador, rompedor, antinacionalista, borde, Oteiza no dudó en polemizar con el Vaticano para llevar a cabo una de sus obras figurativas más sobrecogedoras: el friso de los apóstoles de la basílica de Aránzazu. Cuando le preguntaron por qué había esculpido catorce apóstoles y no doce, el escultor respondió: «No puse a más porque no cabían». Mantuvo una cruel guerra con Chillida, a quien le dedicó su Libro de los plagios , en el que demostraba que el que un día fue su amigo le fusilaba sus creaciones. La muestra de Bilbao viajará el año que viene a Nueva York, donde se exhibirá en el Guggenheim de verdad como una de las muestras estrella de la temporada. Oteiza forma parte de esa casta de vascos raros, como Balenciaga, que les puso pantalones a las mujeres elegantes; o Lope de Aguirre, el pastor reconvertido en conquistador que se autoproclamó al otro lado del Atlántico Príncipe de la libertad. Son tipos raros, tipos universales.