Un paseo por el parque. Un tebeo de Mortadelo y Filemón. Una tarde en la cocina aprendiendo a hacer un bizcocho. Un viaje hasta la biblioteca pública más cercana. Las actividades extraescolares que programan todos los colegios públicos. Un balón para jugar con los amig@s. Los deberes del cole. Escuchar un disco de Estopa, de los Rolling Stones o de lo que sea. Unos capítulos de Harry Potter o de cualquier otro. Unas partidas al juego de la Oca o al parchís. Construir una casa de cartón. Escribir una carta a alguien que merezca recibirla. Grabar una cinta de música. Recoger e identificar unas cuantas hojas de los árboles para hacer un mural sobre el otoño. Jugar una partida a las cartas o entretenerse con unas muñecas o un kit de construcciones. Ir a la piscina a darse un baño. Navegar por Internet. ... Son unas cuantas alternativas que se me acaban de ocurrir a vuelapluma para que un niño se pueda entretener durante al menos parte de la tarde. Seguro que, a poco que lo piense, a usted se le ocurren muchas más. Incluida una que casi nunca se practica pero que es fabulosa, reconfortante y muy práctica: mantener una conversación con el niño. Así que lo que no me acabo de explicar es qué rayos hace un niño a las seis de la tarde viendo en la tele un debate sobre Gran Hermano o intentando asimilar los insultos que un hombre separado le dedica a su ex mujer. Si lo hace, la culpa no la tiene ni la tele ni el niño. La culpa la tiene usted.