PASÉ buena parte de mi infancia discutiendo en los recreos si Superman le podía a Batman y si Spiderman era mejor que el hombre de acero y el murciélago de Gotham City. Cómics, dibujos animados y películas. Lo he digerido todo en cuestión de superhéroes. Hasta algún que otro disfraz. Un día creí que me había hecho mayor y se lo regalé todo a un amigo que aceptó mi error con una amplia y mal disimulada sonrisa. Siempre me he arrepentido. Nada me gustaría más que volver a echar una ojeada a aquellas historias. Confieso que mi preferido siempre fue Spiderman, aunque en el cine el que mejor quedó fue Superman. Su invulnerabilidad a todo menos a la kriptonita era creíble. Por lo menos hasta que en 1995 el actor que dio vida a este archiconocido personaje, Christopher Reeve, se cayó de un caballo, se partió dos vértebras y quedó tetrapléjico. Su drama fue el del propio superhéroe, que pasó de ser el rey de la viñeta y del celuloide a caer en el olvido ante las nuevas producciones de Batman y, ahora, de Spiderman. Ahora que Reeve ha muerto he oído decir que el malogrado actor nunca fue más fuerte, más de acero, que cuando se aferró a la vida desde su silla de ruedas y decidió no rendirse. Puede ser. Sin embargo, yo soy de los que creo que el mundo está lleno de superhombres. Esos que todos los días son fieles a sí mismos. Ya sea para vivir con esperanza pese a la pena, ya sea para morir. Los héroes de cómic vuelan. Los de verdad no dejan que nadie maneje sus vidas.