«CONJUNTO O mezcla de cosas inútiles o despreciables». Así despacha el Diccionario de la Real Academia la palabra morralla en una de sus definiciones. Esa morralla que abunda como las ratas. ¿Un ejemplo? El rock. Un gran saco en el que hoy se mezcla más porquería que ingenio. Y al que casi siempre hay que meterle la mano hasta el fondo para sacar joyas de entre la mucha peste de los últimos noventa. Y desde ahí, desde ese fondo, resucitan los grandes. Con sus raíces mamando de los tarros de las mejores esencias. ¿Un ejemplo? Uno muy bueno es el tipo ese bajito, con pinta de camionero y más de medio siglo entre pecho y espalda. Springsteen se apellida. Y el domingo contó La Voz que ya han pasado veinte primaveras desde que parió el Born in the USA, una declaración de principios bien alejada de lo que podría uno olerse por su título. Un himno ácido. Crítico. Y acertado. Un diagnóstico para una nación a golpe de guitarra eléctrica. ¿Y qué hace el boss dos décadas después? Lo de siempre. Arañar conciencias sólo con una acústica y cara de buen chaval. Mandar recados de compromiso y coherencia arropado por una The E Street Band más en forma que cualquier saltimbanqui de pose y falso directo. Meter el dedo en la llaga podrida de la guerra. Disparar balazos de música. Y mojarse (que se lo pregunten a Bush) ahora que se lleva tan poco. Por eso dura. Por eso engancha. Por eso es el jefe. Y una receta para olvidarse de la morralla. Tan vulgar como bien pagada. Y no sólo en el rock. andres.vellon@lavoz.es