Mar adentro

SOCIEDAD

08 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

RAMÓN SAMPEDRO quiso morirse por no poder vivir como él quería. Bebió veneno como un romano orgulloso en busca de dignidad. Alejandro Amenábar le ha devuelto la vida para siempre con su película Mar adentro . Sampedro es ahora inmortal. Eterno. Será ya siempre una llama viva agitando las conciencias de los que se empeñan en cortarle las alas a la libertad. ¿Por qué morir? Ramón Sampedro no quería morir. Nadie lo quiere. Lo que no soportaba era vivir una vida a medias. Amarrado a una cama y con el cuerpo inmóvil durante 28 eternos años. Es cierto que quedarse tetrapléjico no debe significar el fin de todo. La felicidad es siempre posible. Sampedro no hizo apología de la muerte. Hizo apología de la libertad de elección. Muchos de nosotros nos conformaríamos con seguir vivos. Más aún si estuviésemos en posesión de una cabeza tan privilegiada como la suya, que le permitía seguir viviendo a través de sus versos, sus escritos o de su pasión por los libros y la música. Pero él no. Y eso hay que respetarlo. El hombre debe ser libre hasta para decidir su propio fin. Sin tapujos. Sin paternalismos. Con respeto. Con solidaridad. Alejandro Amenábar aborda el tema en Mar adentro con absoluta maestría. Huye de tópicos y es respetuoso. No ya sólo con Sampedro y con los que vivieron su historia en primera persona. Con Galicia y con todos los gallegos. No abundan películas en las que la acción esté tan bien ambientada. En la que se haya hecho un esfuerzo tan serio por mostrar cómo somos, cómo hablamos y cómo pensamos los gallegos. Sin acentos forzados. ¿Qué habrá mar adentro? ¿Qué va a ser? La libertad. Y Ramón.