Decenas de miles de niños, adultos y ancianos recrearon con mimo en Ribadavia un auténtico día medieval Conforme avanzó la tarde, la Festa da Istoria se fue convirtiendo más en el fiestón de Pocho
28 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Amanece en el casco antiguo de Ribadavia y suena a Semana Santa, a redoble de tambor, y huele a O Carballiño, a pulpo, y las calles lucen bellas, con estandartes, pendones y banderas que cuelgan por doquier, y, al tocarla, la piedra parece incluso más vieja hoy, y el cielo se ve tan limpio, tan azul, que mismamente sabe a mar, la mar de salado, como la gente aquí. Amanece en el casco antiguo de Ribadavia y es último sábado de agosto, la Festa da Istoria, un viaje a la Edad Media en el que participan todas las edades, desde críos desdentados hasta ancianos ya sin dientes. A caballo lee un heraldo el bando festivo. Por la vía principal, al son de cien gaitas, pasan en comitiva jinetes, gigantes, portadores de enseñas al viento, bufones, el obispo, lanceros, cetreros, sus majestades, la corte, los notables, la plebe, una rea enjaulada y su verdugo, malabaristas... Todos caracterizados de época. Ya quisiera Río para su sambódromo un desfile tan colorista, un tan auténtico carnaval de verano. Y este sol. En la plaza mayor, se juega al ajedrez con piezas vivas y bailan como antaño las mozas. Lanzan flechas en el campo de la feria y luego se baten en torneo los fuertes. Por la rúa Progreso discurre la carrera de barriles. En el castillo ofrecen teatro... Suman 17 los actos programados y 16 las horas que éstos ocupan. ¿Y la gente que los sigue? «Eu qué sei. Algún di que 100.000, outros 30.000. Ti pon a verdade, que non cabe ninguén máis». El de tan extraño cálculo se llama Edmundo Araújo y dirige el cotarro. Superan el centenar los puestos de artesanía, comida y bebida instalados; en éstos se venden 10.800 botellas del ribeiro oficial del acontecimiento. En una casa de trueque cambian euros por maravedís, una moneda que, sin ella, eres nadie, pues nada logras comprar. Los contenedores están cubiertos con telas, y el tránsito de vehículos, prohibido. Se ha cuidado todo para eliminar del camino elementos contemporáneos, aunque el personal, bajo la túnica, calza Nike. Además, en algunos bares despachan patatas fritas, cafés y perritos. Cae la tarde. Ya no suena a Semana Santa, sino a Carlinhos Brown, ni huele a O Carballiño, sino a porro. En el río, pocos la espabilan; en la calle, la mayoría la avivan. Ya es más el fiestón de Pocho que otra (h)Istoria.