Un mediodía nublado y gris desvela un arenal velazquiano a los pies de A Coruña Excursionistas somnolientos e incondicionales toman el lugar de cachas y garotas
26 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?a palabra Riazor genera tres asociaciones inmediatas en cualquier conversación, no necesariamente entre gallegos. Primero, un campo de fútbol. Segundo, una playa. Tercero, un restaurante situado junto a la Plaza Mayor de Madrid, en el que sirven pimientos de Padrón a un precio de pánico. En cualquiera de los tres casos, Riazor constituye un potente símbolo, todo un faro metafórico de A Coruña y Galicia. Esta vez toca mediodía de nube y viento mientras el busto que el Ayuntamiento y el Club de Leones brindaron a Arsenio vigila la salida del tranvía desde un extremo de la playa. «No creas que el mal tiempo nos afecta, este verano hemos tenido mucha gente, sobre todo turistas, pero también coruñeses que se mueven por el paseo marítimo», explica el conductor de un aparato que marcha sobre ruedas y un par de raíles. No se albiscan cachas ni garotas sobre la arena. Pero sí cuerpos desperdigados aquí y allá, como los restos de un desembarco. Son los servicios mínimos, los resistentes, los marcos de una finca que más tarde, tal vez mañana, servirán de referencia para que el personal ateigue de nuevo el que seguramente es el mejor ejemplo de arenal urbano del país. Los símbolos potentes Una señora en bañador protege a su hijo de la ventolera de sobremesa con una sombrilla que bien pudiera ser paragüas. «Nosotros somos de la avenida de Finisterre, no venimos siempre, y menos con este día, pero el chaval se empeñó y qué le quiere», se explica la mujer. A la vista todo son referencias poderosas, la Torre de Hércules, el Domus, la coraza del Orzán, el único resto de la muralla transversal que un día ocupó la calle San Andrés, convertida en farallón contra el que se estrellan las olas. A sus pies se desarrollan escenas que pasarían desapercibidas entre tanto cuerpo danone. Socorristas greñudos dando cabezadas y aporreando el pie de una sombrilla. Un tipo de Lisboa, Antonio, que merienda bocata y litro de tinto del país. Lleva diez días recorriendo el Norte, desde San Sebastián a Tui. «Isto é moi bonito, mellor que Benidorm», extrae el hombre de lo visto hasta ahora. A pocos pasos, una excursión del Imserso demuestra, sobre las rocas, que los lucenses son los únicos seres humanos capaces de echar la siesta en cualquier parte. Han colonizado las piedras como no lo harían ni los más recios mejillones. «Lástima de tempo», musita una de las durmientes antes de rodar sobre sí misma. La última palabra es para el mar, en esta canción triste que hoy compone Riazor.