AYER en estas mismas páginas conocíamos el caso de una joven malaya que convivió un mes con seis mil escorpiones. Hay gente con valor. A algunos casi tiene que llevarles el 061 cuando ven un ratón y otros se rodean de la fauna más insospechada. El caso de esa moza asiática tiene ciertas similitudes, aunque a mucha menor escala, con el de un joven chairego que se compró en una tienda o un mercado de Nueva York una serpiente pitón con la idea de traérsela para su aldea lucense. Se presentó en el JFK con el bicho a cuestas y no hubo ningún controlador ni sistema electrónico que se lo detectase. Superado este primer escollo -ya se ve que no es tan difícil- se subió al avión y, tan campante, hizo el trayecto NY-Lugo con la culebra enrollada a su barriga a modo de cinturón. ¿Se imaginan que en algún momento saliese de debajo de la camisa de su nuevo amo para intentar coquetear con la pasajera de al lado? Bien es cierto que a la pitón le habían administrado previamente un potente narcótico y quedó más atontada que los leones que pasean algunos circos veraniegos. Es posible que a los escorpiones de la joven malasia les pasase lo mismo.