Los armadores restringieron el acceso a los barcos durante la procesión marítima de Cedeira

La Voz F.?F. | CEDEIRA

SOCIEDAD

MARÍA VILLAR

?e lo pensaron concienzudamente y al final decidieron que la procesión marítima de la Virgen del Mar era sagrada. La flota de Cedeira (la mayoría, pero no toda) participó ayer en el homenaje que cada 16 de agosto rinde a los pescadores que dejaron la vida en el océano. Los barcos no iban llenos a rebosar. La prudencia se ha impuesto y para evitar accidentes -como el que ocurrió hace unos años en Aguiño y que acabó con una multa millonaria a un armador- el acceso a las embarcaciones estuvo muy restringido. Tanto que el muelle cedeirés permaneció vallado y vigilado por voluntarios de Protección Civil y por agentes de la Policía Local para evitar que la gente se colase sin control dentro los barcos. El sistema funcionó a la perfección. Dentro del volantero Berezmar, al que este año le tocó portar la imagen de la santa, los devotos iban sentados en improvisados bancos de madera colocados sólo para la ocasión para garantizar aún más la seguridad de los tripulantes. El emigrante En un rincón estaba sentado Donato Díaz, un cedeirés sesentón que ayer descubrió una de las tradiciones más arraigadas de su pueblo. Y es que Donato emigró en el 65 a Canadá para pescar bacalaos. Cinco meses al año fuera de casa convencieron a su mujer de que esa no era la vida que quería para su familia y en 1969 Donato tomó el tren a Suiza, donde trabajó en una fábrica de madera. Dentro de tres meses se instalará definitivamente en su villa natal. Pero, de momento, está volviendo a familiarizarse con esa Cedeira que se perdió en sus viajes por el extranjero. Donato, como las decenas de personas que viajaban en el barco de la santa, descubrió que la procesión marítima tiene su rituales. Tras dejar atrás un muelle lleno de curiosos que tuvieron que quedar en tierra, los barcos enfilaron el océano para alejarse unas dos millas de la costa. A la altura de la capilla de San Antonio se produce el momento culminante, cuando se lanzan al mar coronas y ramos de flores en señal de duelo por los marineros fallecidos. Es entonces cuando los barcos hacen sonar sus sirenas. Ya de regreso, la pandilla de Los Pifis (un grupo de amigos que portan a la santa desde hace una década) cumple con su misión de devolver a la Virgen del Mar a su hogar habitual: la iglesia parroquial.