La madre de todos los desembarcos

La Voz

SOCIEDAD

El mayor ejército vikingo de la historia de la Romaría de Catoira invadió ayer las tierras del Ulla Unas 30.000 personas presenciaron el asalto de las hordas normandas.

01 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Que Bono nos ampare. Galicia está en pie de guerra. Parto de A Coruña, donde las tropas británicas de Moore retroceden acosadas por las del francés Soult y, llego a Catoira, que va a ser asaltada por el mayor ejército vikingo del que haya habido noticia en estas tierras en los últimos 44 años. Lo forman 102 guerreros y guerreras con unos cuernos de esos que ya no se ven en las tardes de toros, robustos y afilados. 102. ¿Pocos? Con menos efectivos tomaron los marroquíes Perejil, y aquí se trata de alcanzar una isla de un tamaño similar (un puñado de metros cuadrados) y con la misma población (ni un alma), clavar una bandera en su cima y prender una hoguera. Pan comido pese a tanto vino bebido. Apiñados en el coqueto recinto campestre de las Torres do Oeste, bajo el puente que separa A Coruña de Pontevedra, pobladores y visitantes de Catoira contemplan la toma del islote. Algunos la otean, o ni siquiera eso, porque han llegado tarde y hasta las peores vistas ya tienen dueño. La leonesa María echa en falta un speaker que relate qué esta pasando allá en la isla y unas pantallas gigantes que permitan a los menos madrugadores seguir los detalles del asalto. A esta invasión le falta una CNN local. En los mercadillos se venden camisetas de? No a la guerra , taladros y abrigos para móviles, pero María no ha encontrado unos prismáticos. Así que no ve llegar ni el drakkar , ni el galeón, pero intuye que han arribado porque lo delata el griterío. Ardor guerrero Los normandos toman tierra y la trituran a botes, que para eso forman una horda. Se reúnen en el epicentro del campo, y el gentío les hace un corro. Rugen. Alzan las espadas. Exhiben martillos. Se enzarzan con los lugareños. Más que a una batalla, el espectáculo recuerda a un combate de wrestling , ese divertimento yanqui en el que unos tipos fornidos fingen darse cera. Pero no se les puede negar ardor guerrero y fiereza, que compensan algún error propio de las pelis de romanos, porque no consta que los vikingos midiesen el tiempo con relojes Casio, y al menos hay un invasor que se lo ha olvidado en la muñeca. Llega el momento más temido y odiado por los clásicos, los que critican la modernez ésa de lanzar vino. Los vándalos rompen los toneles y empiezan a teñir a todo lo que se queda quieto. Si Vicky el Vikingo levantase el casco... Qué riquiño era, y que destrozones son estos compatriotas, que ahora la emprenden con dos casetas de madera que reducen a astillas. Nunca he conducido con un pingüino con dinamita en el asiento del copiloto, principalmente porque no tengo carné, pero sí he entrevistado a un tipo que usa como sombrero una cabeza de zorro. Nació en Caldas, pero ha llegado a líder vikingo. Se llama Miguel Ángel Lorenzo. Está dando sustos a los críos, como Sulley al principio de Monsters , y con el mismo efecto devastador, pero se presta a un kit-kat periodístico. ¿Qué hay que hacer para ser jefe vikingo? «Nacer». Cuántos desembarcos llevas? «Puff». «¿Me puedo hacer una foto contigo?», interrumpe una turista. Calla y posa. «¿Por qué gritáis «Úrsula»? «Es el secreto mejor guardado de Catoira». Abandona la concisión verbal cuando se le pregunta cuántos normandos han tomado estas tierras. «Es la madre de todos los desembarcos. Somos 102, más que nunca». Gracias, puede usted seguir invadiendo. Vino peleón Más peleón que Miguel Ángel El Vikingo es el vino tinto, del Ulla o Ribeiro, que se despacha en los puestos. El alcohol ha mermado al ejército de espectadores, que Protección Civil cifra en 30.000. Veinte minutos después del desembarco, decenas de ellos transitan ya por la fase cantarina. «Por ellas, por las de cuello alto y esbelto, por ellas, por... las botellas», articula un ebrio. También le tiran otras «ellas». Intenta un acercamiento a una de cuello nada esbelto y la moza lo manda a Normandía. La chica tiene otras prioridades: «A ver si me cornea un vikingo, que hay alguno que está tremendo», le dice a una amiga. Las invasiones ya no son lo que eran. Ahora dan gusto.