El juez no pudo con la Virgen

La Voz

SOCIEDAD

María Villar

Casi todos los barcos de Cariño participaron en la tradicional procesión, aunque varios armadores impusieron restricciones de acceso que provocaron empellones

16 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

En Cariño, un pequeño concello situado al norte de Ferrol, entre Cedeira y Ortigueira, no hay grandes supermercados ni tampoco transporte urbano. Sin embargo, ayer sucedió allí eso que pasa en el Lidl cuando ponen de ofertísima los microondas, algo similar a lo que ocurre dentro del metro en horas punta: que se formaron colas de aúpa. ¿Dónde? En el puerto, para acceder a los pesqueros. Temeroso de que los armadores restringiesen en extremo el acceso a todas las naves, el personal se apresuró a embarcar por las bravas. Nadie quería perderse la tradicional cita con el mar, con sus muertos, con su Virgen, la del Carmen. Y nadie se la perdió. Pese a la sentencia que obliga a los dueños del O Salaeta, de Aguiño, a indemnizar con 300.000 euros a un niño que sufrió heridas a bordo durante la procesión del 16 de julio de 1998, en Cariño, sólo dos buques se quedaron amarrados al muelle. Los demás (17) participaron de la celebración con cierta normalidad: en cuatro la capacidad fue reducida visiblemente, y en el resto, también, si bien no de manera tan notoria. Espacio suficiente. «Antes levabas a todo dios, pero agora, ai amigo... Agora xa eres máis reacio. Colles á familia, a xente que coñeces e pouco máis. É unha pena». Habla Cesáreo Fraguela, patrón y copropietario del Balaou II. Una mañana de 1982, siendo todavía adolescente, salió a faenar por primera vez y en ésas continúa desde entonces, 22 años con la vida a flote, que ya es tiempo. De modo que sabe de esto, y vaticina: «Se a Xunta ou o Goberno non fan algo, esta tradición vaise perder». Comparte su criterio el patrón mayor del pueblo, José Luis Fojo. «Levei unha alegría ao ver que viñan todos os barcos -explica-, pero, como non cambie a cousa, para o ano haberá dificultades». Devotos, juerguistas, turisteo A Fraguela le tocó en suerte esta vez transportar la imagen, un verdadero honor. Sobre la cubierta de su volantero, se fue aliñando una ensalada de marineros por un día: los clásicos (el alcalde, el jefe de la Guardia Civil, el representante de la Armada...), turisteo d'aquí-de-Madrí, parte de una excursión de abuelos de Ponteareas, curiosos, vecinos con ganas de jarana (y de vino)... Y devotos. Devotos como Teresa Lamelas, quien argumenta su fervor: «Cando meus xenros saen ao mar, sempre lle pido á santa que mos traia de volta viviños». Durante la travesía, de 14 millas (25,9 kilómetros), se sirvió un menú vanguardista, por aquello de la mezcla de sabores: cigalas y mejillones junto con chorizo y mortadela, todo regado con un rioja apañadito y un ribeiro que debía de rayar en la exquisitez, a tenor del color del que se le fueron poniendo los carrillos a alguno. A Carmen la acompañaron luego hasta su casa, la iglesia de San Bartolo, unos cuarenta parroquianos con cierto aire de dantzaris, aunque más rumbosos y coloridos que aquéllos. Además, quien abría el baile vestía un llamativo mantón; y eso no se lo vayas a poner a un vasco. Asiendo arcos de flores artificiales, interpretaron todo el camino una danza típica del lugar, centenaria. Entre los bailarines, los había imberbes y también maduritos. «Tenemos desde 7 años hasta que el cuerpo aguante», comentaba entre risas el líder del grupo, a quien todos llamaban Donato. Al contrario que en el Barbanza, ayer, en Cariño, como en muchas otras partes de la Galicia costera, el juez no pudo con la Virgen.