El otro Neruda

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

12 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EN EL centésimo cumpleaños de Pablo Neruda, parece que uno tiene que santiguarse y tocar la guitarra junto al fuego. ¡Cuánta baba! Lo siento, pero a mí el Neruda amoroso no me gusta. ¡Cuánto daño nos han hecho los progres! Yo soy de Juan Larrea, poeta incomprendido y furibundo, a quien Neruda dedicó una infamante Oda a Juan Tarrea , que trajo a mal traer al pobre vasco. Bueno, rectifico. Abominar de Neruda es como escupirle al cielo y que se le caiga a uno el gapo encima. Permítanme que matice. Neruda es indiscutible, si uno olvida sus grandes hits (lo de «puedo escribir los versos más tristes esta noche» y todo eso...). Están Residencia en la Tierra y su casa en la Isla Negra que tiembla sacudida por seísmos frente a un Pacífico helado y conmovido y sus ponchos incas y sus gorritos y, por encima de todo, aquel verbo surreal superdotado de hombre que supo escribir sin detenerse, sin mirar hacia los lados, como bestia. Telúrico dicen que fue, tan cursimente. Que me perdonen pero no: «telúricas» son Sara Montiel y María Ostiz. Neruda es otra cosa: complicado, un personaje con aristas, imperfecto, bocazas; oportunista y facilón a veces. Y otras veces genial como muy pocos. Quedará el Neruda que no se lee, el del miedo a morir, el que lloró a su amigo Allende, asesinado, el que cambiaba los muebles de sitio, incansable, el poeta que ganó el Nobel y compró con el dinero del premio las caballerizas de un castillo en Normandía. Desgraciadamente murió antes de poder presumir con sus amigos.