Placer efímero

JOSÉ VARELA

SOCIEDAD

DE CADA flechazo interior que punzaba sobre el cardias se elevaba hasta la pituitaria un lejano aroma de pimienta tunecina que había perfumado un sorprendente plato de boquerones. La irreductible presión del abdomen sobre el cinturón tenía recuerdos inequívocos de la manteca de cerdo que tan bien había subrayado aquella carne de pollo de escasa personalidad. El persistente borboteo de la bolsa estomacal probablemente había surgido de la nata que poco tiempo antes había sido mágica para trabar la salsa homogénea que napaba la lubina. El irrefrenable empuje del abdomen sobre el cinturón, esta vez como un globo embridado, podría -sólo podría- haberse barruntado al pie del tierno y abundante foie con reducción de módena del primero. El pimentón que más que un ornato sobre el lomo del bacalao era una deslumbrante invención del chef, avivaba ahora el brasero estomacal. El buquet del vino, transportado por potente vaho de alcoholes volátiles que suspendían todo un tratado de olores frutales, cargaba ahora los párpados. Una cierta pastosidad bucal traía reminiscencias del sorbete de aguardiente del Ulla cuyo frescor había concitado un gemido placentero antes del café. El café: ¿no tendría responsabilidad en la pesadez de cabeza aquel colombia que poco antes había inundado las meninges con un perfume cálido y denso? Finalmente, la sal de Maldon -qué delicia para potenciar la escalibada- traía en estos momentos imágenes de las fuentes del Nilo. El concierto sinfónico de síntomas, sin un sólo calderón sobre un mísero silencio, se hacía repetitivo y sugería una duda:¿Existe alguna asignatura en las academias de cocina que ilustre a los chefs sobre la hora posterior al placer?