HAY gente que cree que el sexo nos penaliza, que nos rebaja. Hay gente que atribuye al sexo un poder extraordinario contra el que hay que luchar. Esa gente, durante siglos, ha intentado asimilar el sexo al mal, ha peleado para esconderlo, por teñirlo de oscuridad. Y, en buena medida, lo ha conseguido. Tanto es así, que miles de adolescentes en España, en pleno siglo XXI, se encontraron con un embarazo que no deseaban. Porque no sabían que debían protegerse contra ese embarazo y si lo sabían no lo hicieron. A lo mejor porque una caja de condones cuesta cuatro veces lo que una caja de aspirinas. Tal vez porque en su colegio la clase de educación sexual se la dio uno de esos que odian el sexo y les dijo que la mejor manera de no encontrarse con un bebé era practicando la abstinencia; quizás porque no fue capaz de conseguir una receta para contrarrestar el calentón de la noche anterior con una píldora del día después. O puede que porque su Centro de Orientación Familiar se encontrara a decenas de kilómetros o porque ni siquiera nadie le hubiera dicho que existen esos centros, justamente para prevenir esos problemas. Y así vamos, con más de 120 abortos adolescentes en Galicia cada año. Docenas y docenas de experiencias dramáticas por un aborto o por un hijo que te llega cuando ni siquiera tienes edad para votar. Espero que toda esa gente que se arroga tanto poder y que siempre está hablando de amor cuando nunca han abrazado con pasión y libremente a una mujer o a un hombre, estén satisfechos con las escalofriantes cifras sobre el aborto que esta semana hemos conocido.