NO HAY argumento informativo más poderoso que el tiempo. El tiempo meteorológico, quiero decir. Es el primer recurso en todas las conversaciones, desde el encuentro con el jefe a la cola de la panadería. Se puede comentar la temperatura ambiente o la escasez de lluvias con cualquier desconocido sin temor a quedarse sin respuesta. Hablar del tiempo garantiza conversación. Esta universalidad genera que muchas veces se maximice lo que está pasando. Así, una nevada en abril desata titulares a cinco columnas y comentarios del tipo «ni los más viejos del lugar recuerdan...», un mes lluvioso pone a decenas de periodistas a escarbar pluviometrías por todas las hemerotecas y cuando el termómetro supera los cuarenta grados, el calor se convierte en una amenaza más peligrosa que el terrorismo islámico. En realidad y de forma secreta todos deseamos que estos caprichos meteorológicos se conviertan en fenómenos únicos y que los medios confirmen esa vocación maximalista; que nuestro sudor o nuestras tiritadas estén justificadas históricamente y que nuestras conversaciones de ascensor estén dotadas de una enjundia incuestionable. Como estamos en verano, pues hace calor. En algunos sitios mucho calor, pero no hace un calor extraordinario. Otra cosa es que un hombre, mayor y enfermo, se enfrente a un paseo en bicicleta bajo un sol de 42 grados y acabe en la morgue de un hospital. Tenemos que gestionar bien nuestras conversaciones meteorológicas porque sino ¿qué diremos cuándo llegue un calor como el del año pasado? Se nos van a acabar los adjetivos.