ALGUIEN me dijo hace poco que el verano mejor es el de las ciudades cuando llega la canícula y las chancletas juguetean con el asfalto. El verano montado en una vespa o esperando el autobús. El verano del que prepara oposiciones o se toma las vacaciones en septiembre. ¿Por qué? Porque negarse a veranear en verano es antisistema y es gamberro. Un corte de mangas a los anuncios de casera, al caribemix. Yo tengo una amiga que lleva bufanda con bikini y conozco flores de cactus que florecen por las noches. No veranee, hágame caso. Sea original, malvado. Pruebe a ignorar las gafas de sol y las chancletas. Verá cómo da gusto apretarse a la carpeta con fotos de Bisbal, repasar las asignaturas y tomarse unas raciones en la taberna vacía de su calle. Coger el metro o caminar despacito hasta la oficina donde queda poca gente y los papeles revolotean sobre las mesas como plumas. Uno tiene la impresión de ser el único en el mundo, contra el mundo. Allá lejos, las playas se llenan de frigopiés y tintos de verano, de fritangas. Contemple con detenimiento a los currantes por la calle, son espléndidos. El verano debiera ser así siempre: una especie de salón vacío y sombreado donde las esquinas se arquean de calor, un salón donde la soledad resuene como pasos de tango. Uno trabaja y el trabajo, si se hace cuando no se debe, en vez de pesar, da gusto. Piense: los niños de los otros se chapuzan lejos y las terrazas de los veranos florecen en los bulevares fríos. Y, por las noches, uno compra un libro nuevo y lo lee sobre la almohada de su casa. Hasta los mosquitos están lejos, veraneando.