APURA EL café mientras ojea el periódico. Piensa, retocándose la corbata, lo asesina que es la carretera. Un puñado de muertos. Un cuajo de demencia. Se olvida del asunto al repartir besos entre los chavales. Perjura que volverá pronto para la cena. Se considera un tipo tranquilo. Pacífico. Hasta colabora con una ONG. Y ha apadrinado a un niño indio. Solidario. Moderno. Un crack . Pero siempre hay un pero. Y el suyo aparece cuando sube al coche. A su máquina. No es un cacharro con ruedas. Qué va. Es su corcel. Su reino. Al conducir, siente que la carretera es más que asfalto. Es el campo de batalla. Pura guerra. Kilómetro a kilómetro, el crack muta. La ira inyecta sus ojos. El pulso sube. La sangre se convierte en mala leche. Ni chavales, ni ONG ni ahijado hindú. Eso ya no cuenta. Tras el volante es un guerrero. Un yonqui de la emoción. Dispuesto a pegarse un chute salvaje de velocidad. A celebrar a gritos cada adelantamiento. A hacer un corte de mangas si alguien osa picarse. Hoy podrá robarle un minuto más al reloj para llegar al trabajo. Si le pisa. Si mete estopa. Si no se raja. Si se salta un semáforo e insulta a la vieja del paso de cebra. Por fin, aparca en su plaza. La sangre le azota el cerebro. Está excitado. Ha vuelto a ganar. Ha batido su propia marca. Se calma mientras acaricia el capó de su bólido. Ha llegado diez minutos antes de tiempo. Tiene lo que hay que tener. Como va sobrado, le pega un toque a su mujer: «Hola cari. Llegué. Había poco tráfico. Sí, ya he visto el periódico. Terrible lo de los accidentes. Una locura. Hay mucho imprudente. Mucho imbécil suicida».