ELLA era una mujer joven y atractiva. Él era un hombre entrado en años y con poder. Ella trabajaba para una pequeña compañía auxiliar que había logrado una contrata en una empresa importante. Él había dado órdenes para que ella acudiese a su despacho al final de cada jornada. Ella enseguida entendió que lo que él valoraba no era su valía profesional. El hombre pasó pronto de la buena educación a la cortesía. No tardó en recibirla con un entusiasmo sin disimulo y en hacerle confidencias que no venían a cuento. El contacto físico se demoró algo más, pero llegó el día en que la mano del jefe se posó sobre el hombro de la subordinada. Más y más intentos de acercamiento hasta que aquello se convirtió en un acoso insoportable, pero del que no había un solo testigo. Lo último que ella quería era perder un trabajo que tanto le había costado conseguir. Habló con el encargado para que le cambiase de turno, para que hiciese algo que le ahorrase el calvario en que se había convertido levantarse cada día para ir al trabajo. Pero el encargado le pidió paciencia, mano izquierda, cualquier cosa menos incomodar, no fuesen a perder el contrato con la gran empresa. Pidió ayuda al comité de empresa, pero tampoco quisieron ver más que un caso particular sin ninguna prueba de cargo. Y siempre aquella pregunta: ¿No serán imaginaciones tuyas? No encontró más salida que renunciar al empleo. Esta es una historia real; sucedió muy cerca de usted. Los protagonistas tienen nombres y apellidos. Ella, además, ahora tiene una depresión y un trabajo peor. Él sigue igual, como si nada hubiese pasado.