UNA CHAVALA fornida, con aires de peregrina, está soplándose una taza en una tasca del Franco. Le suena el móvil: -¿Siiii? -¡Hey! Soy yo, cielo. ¿Dónde estás? -En Santiago. --Chile!, ¡qué bonito! -No, Santiago de Galicia. -Vaya, entonces como yo, por la Vieja Europa. Yo estoy en Normandía. Tengo una barbacoa en una playa con los franceses y los ingleses. ¿Qué tal tú? -He hecho el Camino y acabo de salir de un polideportivo (aquí le llaman catedral), que es como el Disneyland del Apóstol. Pero en fin... no creo que tú sepas de qué va esto. -No infravalores a papi, cariño. Santiago Matamoros es un personaje que me interesa: fue un gran pionero en la lucha contra el terrorismo. De haber nacido hoy en día, podría haber llegado a director de la CIA o a general de los marines. Ánsar, un amigo latino que se acaba de jubilar, me regaló una camiseta en la que se ve a Santiago en un corcel blanco y cortando cabezas. A veces me la pongo en el rancho, cuando salgo a cortar árboles con la sierra eléctrica. Otra cosa: ¿cómo te ha ido con los predicadores católicos? -Muy bien. Me dieron un diploma por completar el Camino; y eso que la mitad lo hice en coche. -Chica lista; ahí sacaste la casta de la familia. Yo, en cambio, estuve ayer con el presidente católico, un señor ya muy mayor, y me echó una bronca tremenda por lo de Irak. ¡Qué cosas! -Papi, cuelgo, que llegan los pimientos de Padrón. -Eso con un poco de manteca de cacahuete debe estar de muerte. Mi pequeña, besitos... Vaya, ya viene ahí el resabidillo de Chirac a tocarme los pies con lo de las armas de destrucción masiva... ¡Odio Vieja Europa!