AQUELLA canción de Toreros Muertos, Mi agüita amarilla , ironizaba muy acertadamente con lo que sucede cada vez que tiramos de la cadena del váter. Ya sean aguas mayores o menores, residuos tóxicos, químicos e incluso nucleares todo acaba en el mismo sitio: el mar. Dirá usted que esto ya no pasa. Dirá que para eso están las depuradoras y tal y cual. Bueno, pues siento comunicarle que lo único verdaderamente globalizado en el mundo es el mar. El agua no tiene patria. Fluye de aquí para allá. Ese mar que hoy es castigado en China, en la India, en Israel o en Brasil será algún día mar gallego y usted se bañará en él una tarde de domingo en compañía de toda su familia. El mar es la gran alfombra del mundo bajo la que intentamos esconder toda la mierda que nos sobra. Toda la basura que genera nuestro modo de vida y que ya no sabemos qué hacer con ella. El hombre es tan avestruz como gallina y hace tiempo que practica la táctica de este bicho que esconde su cabeza convencido de que si uno no ve el problema el problema tampoco le ve a uno. Craso error. Imagino que ahora estarán esperando a que les ilumine con una solución tan magistral como cara e inviable para el problema de la contaminación. Pues no. Servidor hace tiempo que se ha dado cuenta de que las cosas no van a cambiar nunca. El hombre está tristemente destinado a cargárselo todo. Somos como el caballo de Atila, por donde pasamos no vuelve a crecer la hierba. Así que ya sólo espero que este planeta azul y aún maravilloso aguante el tirón los años de vida que me quedan a mí y a los míos. Piense en ello la próxima vez que visite al señor Roca.