Arriba y Abajo

LUIS VENTOSO

SOCIEDAD

29 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

LA ADUANA entre el cielo y el infierno debe ser el lugar más ajetreado que se pueda concebir. Cada minuto, miles de personas fallecen y sus almas se elevan al más allá. Tras ser interrogados por San Pedro en las puertas del paraíso, el Sumo Hacedor ha de instruir su juicio sumarísimo y decidir si los recién llegados pueden flanquear las puertas del cielo o son merecedores de abrasarse en las calderas el averno. Paralelamente, hay que archivar las vidas de todos los recién llegados, pues es bien sabido que, al final de los tiempos, las biografías de cada uno de nosotros serán proyectadas en el gran juicio universal del Valle de Josafat. Ya hemos visto que en el cielo no hay respiro, que el ritmo de trabajo es frenético, demencial. Pero las huestes luciferinas no son menos laboriosas. El viejo Belcebú tiene que mantener sus calderas en ebullición, debe distribuir a los pecadores en las diversas potas punitivas y, al mismo tiempo, ha de estar pendiente de cuanto acontece en la Tierra, a fin de tentar a los humanos con su entretenido catálogo de pecadillos. Pero a pesar de tan cargadas agendas, los jefes de Arriba y Abajo aún hallan tiempo para ocuparse de frusilerías. Así, Irureta acaba de completar el Camino de Santiago para agradecer ¡la supuesta intermediación divina en el partido Dépor-Milán! Por su parte, el pintor Kiko Argüello, el místico que ha perpetrado los frescos de la Almudena, asegura que percibe la mano «del demonio» tras las críticas demoledoras que ha merecido su obra. Admiramos el fervor de Kiko y Jabo, pero la verdad es que resulta complejo encontrar el poso teológico de los partidos de fútbol y las policromías kitsch .