ERA UN HOMBRE honrado a carta cabal. Nunca cometió un delito y siempre cumplió a rajatabla todos sus compromisos. Un día tuvo un solo y aislado error. Un juez inmisericorde lo condenó a muerte, sin importarle en absoluto su limpio historial ni la familia rota que dejó su muerte. Caso dos: un joven brillante y ambicioso, al que le gustaba apurar a tope el vaso de la vida. Siempre al límite, un día tuvo un único error de cálculo. El mismo juez lo condenó a cadena perpetua. Caso tres: Otra persona honrada y cabal las 24 horas de cada jornada, cometió también un día su único error y mató a los cuatro miembros de una pacífica familia. Fue condenado a recordar a sus víctimas en un psiquiátrico. Caso uno: conductor habitualmente prudente, se equivoca un día al calcular un adelantamiento. Choca contra un camión y muere en el acto. Caso dos: joven motorista se sale de la carretera en una curva. Queda tetrapléjico, atado a una cama de por vida. Caso tres: conductor habitualmente prudente, provoca un día un accidente en el que mueren los cuatro ocupantes del vehículo contra el que chocó el que conducía. Acaba en un psiquiátrico, incapaz de superar el trauma de haber acabado con una familia. Comparadas con la crueldad que demuestra a diario la carretera, juez tan inflexible como voluble que impone condenas inapelables al primero o al quincuagésimo fallo, las críticas a la supuesta dureza creciente de las sanciones de tráfico resultan superficiales. Basta visitar el servicio de urgencias de cualquier hospital.