Entre las imágenes de las torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib las hay de tres tipos. Las primeras son las del ebrio regodeo de los soldados en el sufrimiento y la humillación de los presos. Las segundas son las del amedrentamiento de los reos. Y las terceras las de la aniquilación de los reclusos. Pero en todas hay un denominador común: el desprecio a la dignidad de las víctimas. Y de la propia, también, porque en ellas está la derrota moral del autor de las vejaciones. La tortura, si fuese un oficio, rivalizaría en antigüedad con el más viejo del mundo. Tanto que hasta hay museos dedicados a los artilugios que parió el ingenio humano para hacer sufrir al prójimo. Exposiciones que dejan una extraña sensación: no se sabe bien si sirven para escarnio y vergüenza del mal que podemos llegar a producir o para alimentar el morbo del animal fiero que llevamos dentro. Si a alguien le faltaban razones para apoyar la salida de las tropas españolas de Irak, ya tiene una. Por nuestras calles pasean aún algunos de los que sufrieron la tortura que, sistemáticamente, aplicaba la dictadura. El perdón de la transición consistió también en no remover esos fantasmas, pero resulta insoportable sentirse cómplice de lo que aquí hemos repudiado y padecido. Relata Coppola en Apocalypse Now cómo el inicio de la guerra revela que ha terminado la cordura. Si está en nuestra mano, hemos de parar la locura. Porque no vaya a ser que tenga razón John Le Carré, que dice que Estados Unidos (el mundo entero en realidad), está a un paso del fascismo. A ello nos aboca el desprecio por el sufrimiento ajeno.