El Ministerio de Trabajo acaba de anunciar un permiso laboral de 15 días para los hombres que se estrenen o repitan en el bendito trance de la paternidad. Está muy bien. Se abunda en la corresponsabilidad de la crianza -ojalá todos los que hagan uso del nuevo derecho lo dediquen al niño (o a su madre)- y en la delicadeza debida a ese estado transitorio de perplejidad y poderío en el que se sumen los fecundos al contemplar la viva imagen de sí mismos recién salidos al mundo. Luego el amor estalla en toda su plenitud. «...El amor, cualquier amor, que nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada», escribía Pavese. El desamparo propio y la protección instintiva del ajeno. Con los hijos también debe de ocurrir así. El sufrimiento de alguien a quien se quiere irrumpe hoy como el único motor capaz de movilizar lo que ningún otro acontecimiento podría resolver nunca. Salta un resorte de consecuencias impredecibles. Lo contaba ayer un padre primerizo recordando las horas posteriores al parto. Oyó algo malo, los médicos no encontraban el pulso del bebé, «tengo un hijo vegetal», pensó. Cuando lo llevaron ante el pequeñito, clavado a él y más sano que un garbanzo, el padre no pudo hacer otra cosa que arrancar a reír, pero a reír como un poseso, descontrolado, histérico y a la vez pidiendo excusas. Un mes después, ayer, el amor volvió a su vena salvaje. El papá ya anda ensayando métodos para espantar el sueño del bebé durante el día y que en las horas de la noche duerma lo atrasado y definitivamente les deje dormir. Un padre, por lo demás, sobresaliente.