Lo atómico, lo fetén, es estar por encima del fútbol. Mirarlo con distancia y una cierta superioridad. Ponerse por encima de las interminables horas de carreras detrás del esférico retransmitidas a todo el orbe; criticar las exorbitantes y tantas veces obscenas sumas que las sociedades anónimas deportivas conceden a sus trabajadores estrella; desenmascarar la no por vieja menos eficaz fórmula de pan y circo para alienar a la clase obrera y a la media-baja, la media-media y la media-alta. En fin, todo eso que dicen los intelectuales (algunos) cuando ponen kilómetros de indiferencia entre el fútbol y sus cultivadas vidas. Pero todas esas teorías se convierten en pura palabrería ante el estruendo de los goles que el débil consigue frente al poderoso. Cada vez que el balón choca contra la red, una herida se restaña, un agobio se evapora, una losa se volatiliza entre el barullo de la celebración. Ayer, una ciudad entera vivió con un plus de felicidad imposible de lograr por vías distintas a las balompédicas. Alguien fue mucho más amable que de costumbre; alguna cama con los muelles oxidados brincó contra todo pronóstico; un niño no fue reprendido a pesar de su travesura; algún dolor no fue tenido en cuenta esta vez; alguna envidia fue olvidada y muchos de los que caminan por la vida como si lo hicieran por una interminable sucesión de oscuras estaciones de metro, salieron un rato de paseo a la luz del sol. Desde luego, Neruda inunda el espíritu con la palabra y Barceló estimula los sentidos con sus colores. Pero los modernos atizadores del alma colectiva tejen los sueños desde una pradera verde.