LOS QUE nacimos en la maravillosa década de los 70 somos tipos duros. Auténticos supervivientes de una época llena de peligros no apta para blandengues. Les explico. Asisto con auténtica perplejidad a los miramientos con los que tratamos a nuestros pequeños. Los parques, por ejemplo, tienen que tener un mullidito piso de arena batida para evitar rasguños, los columpios deben cumplir no sé qué normativa europea de seguridad y están fabricados en madera y plásticos. Hago memoria y mis recuerdos infantiles están compuestos de parques de cemento, con columpios de hierro a menudo oxidados y medio rotos y me veo a mí mismo correteando alegre con las rodillas hechas pura postilla ensangrentada de tantas y tantas caídas como soportaban. Y sin embargo, no nos pasaba nada. Otro asunto que me llama mucho la atención es cómo ha cambiado la relación alumno-profesor. En mis tiempos de estudiante de EGB y BUP -hasta esto lo han cambiado- un profesor todavía podía darte un sopapo y no pasaba nada. Cuando le ibas con el cuento a tus padres te contestaban con un «algo harías» y aquí paz y después gloria. Hoy en día, un profesor mira mal al chico que le acaba de pinchar las ruedas del coche en el aparcamiento del colegio y la APA le forma un consejo de guerra con excomunión posterior y fustigamiento en plaza pública incluido. Así hemos salido los chicos de los 70, duros, resistentes, trabajadores y sufridos y no los jóvenes de hoy en día, que con tanto miramiento son más flojos que el osito de Mimosín. ¡Cielos, apenas paso de la treintena y ya hablo como un octogenario! Me preocupo.