¿Es útil gastar 15.000 euros en un barco para irse a flotar un rato y esperar el día en que podamos navegar? ¿Fundirse el sueldo en una sombra neozelandesa en medio y medio del océano? ¿Atiborrar el armario de niquis negros? ¿Cantar? Todo es útil. La austeridad campesina, que no era más que pobreza, por mucho que algunos se empeñen en elevarla a la mística, se muere al ritmo que se nos mueren los viejos. Y no vendría mal cierta contención en esta época de desmesura, no tanto por la economía del país tan dependiente del consumo, como por la deseable fortaleza del que poco precisa, embarcado, ese sí, en una circunnavegación solitaria más heroica que contemplativa. Pero el mundo es el que es. Capitalista y excesivo hasta en la China, tecnológico y apabullante, se zampa masas enteras al amparo de la fe, la democracia, el conocimiento global y la libertad duradera. Digestión, absorción y secreción. Y en medio, el individuo. Tan liberado por el sistema que ni siquiera puede decidir qué hacer con sus cuartos sin miedo a que aparezcan los señores de la doctrina, los que ayer alertaban de las «preocupantes» inclinaciones de nuestros adolescentes. Porque al parecer los chavales compran sin reflexionar sobre la utilidad de sus objetos de deseo. Y vaya por dios, que algo está fallando, cariño, ¿qué hemos hecho mal? Sermones que nos descolocan por su sentido hegemónico de lo que es útil y lo que es inútil, cuando la utilidad es una cosa infinita como infinitas las necesidades de cada cual; cuando la utilidad de un muñeco articulado puede residir en el acto mismo de comprarlo y saludarlo cada noche.