LA triste vida del consumidor agoniza en el averno desde que los contestadores automáticos cobraron vida. La perversa capacidad de algunas empresas de servicios -esa, justo esa en la que está pensando- para fastidiarnos la vida ha tenido que ser minuciosamente pergeñada por alguna mente enferma previamente entrenada en las técnicas de tortura más sofisticadas. O eso, o la ambición del capital y su capacidad para apañar hasta el último centavo ha alcanzado tal grado de perfección que, o empezamos a entrenarnos en el contraataque, o el acoso de Alien nos parecerá el del lobo a Caperucita cada vez que intentemos dar de baja una línea telefónica o recuperar un dinero que el listo de turno nos ha cargado por el morro, tras entrar en nuestra cuenta como Perico por su mismísima casa. El, pongo un ejemplo, «si tiene una avería, pulse uno», que escupe el teléfono cuando tú lo que quieres es desahogarte con un gichiño porque la carérrima ADSL anda por Cuenca desde hace unas horas, ha empezado a actuar como la campana que activaba la salivación inmediata de las glándulas del perro de Paulov, aunque en este caso la respuesta al estímulo «pulse uno» sea penetrar en la yugular del jefe de la susodicha compañía, que a estas horas debe de andar por el cielo de la Bolsa, y no me extraña nada. Por prepararnos, conviene empezar a pensar que procedimientos como éste del «pulse uno» tienen más que ver con una delirante confabulación de algunos para volver loco al personal, hacerlos luz de gas, vamos. Repasen, sino, sus últimas conversaciones con los contestadores.