05 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

El amor libre está de moda. Hasta hace poco, una asociaba la expresión a las comunas hippies que se nos colaban en algunas películas de la contracultura americana y que por estos mundos tenían más que ver con aproximaciones mentales cantando el manitú en un campamento de verano que con el arrejuntamiento y el solaz generalizado del todos con todos. Pero se observa estos días un empeño insistente por regresar al presente una expresión que, confieso, me gustaría me explicaran los que la profieren como identificándola con prácticas abominables a las que se aplicarían seres horrendos, con el alma corrupta que, bailando en pelota viva alrededor de una hoguera, entregaran sus cuerpos a los ejercicios más procaces, sin distinguir edades ni sexos, que de eso se trata para que la cosa sea cochina, cochina. Cuando el otro día habló Fraga recordé otras expresiones. Proferir lo del «amor libre» en plan «son ustedes una pandilla de degenerados» suena un poco como sonaba lo de «confabulación judeomasónica», lo de «reserva espiritual de Occidente», y hasta lo de «el brazo incorrupto de Santa Teresa». Claro que Fraga está en su derecho de pensar lo que quiera. Otra cosa es que en los colegios públicos de este país se imparta una asignatura en la que esa visión que se deduce de la rabia con la que el presidente pronuncia «amor libre» se convierta en dogma de vida. Francia se parapetó tras un laicismo «innegociable» -el santo laicisimo- para evitar expresiones de fe mucho menos agresivas que las que pretenden los obispos ?Un apunte: de esa tierra de extrañas enseñanzas sobre el divorcio y el sexo han florecido muchos ateos.