DESDE que era niño me ha fascinado el planeta rojo. Marte era el lugar al que volaba mi imaginación cada vez que barruntaba cómo sería el incierto futuro. Mi coco infantil se aterrorizaba viendo a los marcianos malos de La guerra de los mundos con la misma facilidad que se entusiasmaba pensando en colonias espaciales a las que viajaríamos en el año 2000 para estrechar las manos de unos tipos verdes muy majos que contestarían a todas nuestras preguntas sin respuesta. ¡Ay!, el año 2000. El otro gran mito de mi infancia. A menudo soñaba con cómo sería el mundo en el siglo XXI. Veía un planeta de acero y cristal, con coches voladores, energías limpias y una sociedad perfecta. Pues bien, ya estamos en el 2004. ¿Y? Tengo más barriga, menos pelo, mujer y una hija preciosa, pero los automóviles siguen usando petróleo y más que ir a mejor, esta Tierra nuestra parece abocada a la autodestrucción. Estos días en los que EE.?UU y Europa se disputan los últimos descubrimientos sobre Marte he vuelto a pensar mucho en ese misterioso planeta. Su desértica faz siempre insinuó que la vida nunca había arraigado en él. Pero ahora resulta que hay agua helada en su superficie, y eso significa que en algún momento pudo haber vida. Marte es una advertencia. Si el planeta rojo albergó vida y ahora está muerto, lo mismo podría ocurrirnos a nosotros. Ha llegado el momento de echar el freno. De lo contrario, quizá llegué el día en que una nueva civilización envíe sondas espaciales a nuestro planeta en busca de una vida de la que ya no quedará ni rastro. Tal vez esa nueva raza bautice como Marte a lo que nosotros hoy llamamos Tierra.