CUANDO LEAN estas líneas no estaremos aquí. Duele dejar el hogar, pero cuando lleguen nos habremos marchado. No hay opción. Llevamos siglos ocultos, observando. Les hemos estudiado con horror creciente y les tememos. Si pudiesen verse como nosotros les vemos también se morirían de angustia. Son depredadores voraces. Tanto que llevan cientos de años aniquilando su bello planeta azul. Su vergel. Si pudiesen verse como nosotros les vemos se darían cuenta de su ilimitada demencia. Su pequeña historia está preñada de víctimas, infectada con guerras. Y en su voracidad no parecen capaces de cambiar. Ni siquiera parecen inmutarse cuando son pasto de las balas, del hambre o de la miseria. Y ahora sus máquinas mensajeras ya se han posado aquí. Ahora vienen a por nosotros. Nos gustaría darles una oportunidad, establecer lazos. Pero no nos fiamos. Están demasiado ciegos. Eso que idolatran, esos papeles y metales que llaman dinero, ejerce tanta influencia sobre sus débiles voluntades... Sinceramente, creemos que no podrán superarlo. Creemos que seguirán arrasando todo, acabando con todo, hasta con ustedes mismos. Y si hacen eso con su mundo, no queremos ni pensar lo que harán con el nuestro. Pero, desde luego, no vamos a quedarnos para sufrirlo. Somos marcianos, no tontos. Por eso, cuando lean estas líneas no estaremos aquí. Duele dejar nuestro rojo hogar, pero cuando lleguen nos habremos marchado. Antes de que nos echen a patadas. Antes de que nos colonicen. Antes de que nos impongan sus normas. Antes de parecernos a ustedes.