Ciega en Roma

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

NUNCA recordaré este año como mi año de Roma sino como mi año de El Quijote. Cuando piense en mi año treinta y tres -el de mi propia crucifixión rosada- no me vendrán en la cabeza imágenes en ralentí de la Fontana de Trevi ni diapositivas de la Piazza Navona, sino que volveré a escuchar las palabras de Don Alonso Quijano diciendo «Dios lo remedie; que todo este mundo es máquinas y trazas. Yo no puedo más». Me levanto pensando en la duquesa y me acuesto riéndome de Sancho y de su rucio. Siempre he pensado que el mundo es lo que se vive con el cuerpo, lo que perciben los ojos irritados por el humo, el frío de los vasos recién lavados y el verdor de los árboles que despiertan del invierno. Y sin embargo empiezo a pensar que quizás Malraux tuviese razón cuando habló de un museo imaginario más vivo que la vida misma y Borges cuando dijo que el mundo es un libro leído «in aeternum» en una habitación oscura. A medida que el tiempo pasa, mi sentido de la vista se atrofia, se distrae. Y en Roma es un pecado ser ciego. Cuando contemplo no veo porque se me va la cabeza a otras cosas. Sólo veo cuando leo o cuando escribo. Entonces sí. Las cosas huelen a manzana y son redondas, de tacto rugoso o irisado. Es como si la palabra se hubiese convertido para mí en lo único carnal, lo único entero. Este año lo he vivido con un hidalgo desdentado que se acuesta y se levanta junto a mí y que cree que la literatura es la materia misma de la que está tejida el alma. Y, sin embargo, ante Piero della Francesca, uno preferiría que los ojos funcionasen.