UN Volvo tipo panzer, que avanza a 60 por hora, topa con un control de alcoholemia. A bordo va un matrimonio de casi 70 años. Vienen de pegarse un homenaje en un restaurante caro, porque cumplen 44 años de casados. Se han tomado a medias una botella de un godello excelso, han cenado de cine y se van felices a dormir. La policía hace soplar al hombre. Da positivo: le paralizan el coche, lo empuran y le retiran el carné. En algunas discotecas techno, las piletas de los váteres tienen el agua cortada. La restricción atiende a que la clientela se pone fina de éxtasis. El alcohol resulta incompatible con las pirulas, que sin embargo agradecen una ingesta generosa de H2O. Si el agua mana de las piletas, los chavales le meten el morro al grifo y el hostelero no gana un chavo. ¿Solución? Se corta el suministro y en la barra se les venden botellines de agua a precio de Moet & Chandon. Con el pastilleo (y con alguna experiencia tipo oso hormiguero que suele haber a lo largo de la velada), a la afición se le pone la cachola como el globo de Betanzos. Allá hacia las seis de la mañana, cuando pecha la disco, el makinero está espitoso: urge subirse al coche y tirar cara a un after-hours. Con un morao olímpico encima, el mákina se pone al volante de su Ibiza (turbito y tuneado), enchufa el chunda-chunda y escarallándose de risa aprieta el acelerador. De camino se encuentra con un control de alcoholemia. Los trebellos de soplar de los picoletos controlan el bebercio, pero no detectan otro tipo de fiestas. Pasa sin problemas. Continúa pisándole rumbo a una discreta esquela.