14 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

GALICIA es fea. No esa Galicia que es confín de verdes castros, con costas verdescentes , fuentes, ríos y regatos pequeños. Es la Galicia urbanizada la que no hay por donde cogerla. En lugar de piedra a piedra, este país esta construido horror a horror. Feísmo lo llaman. Y con toda razón. Mucho se ha hablado de este fenómeno, ligado fundamentalmente a tres factores: la falta de planificación y control urbanístico por parte de los ayuntamientos, el mal gusto de muchos paisanos pudientes empeñados en reeditar las columnas corintias y la manga ancha que, tras siglos de miseria económica, se ha dado a los constructores por aquello de no frenar el tan ansiado progreso. En este debate se ha dicho que hacen falta normas más severas, nuevos planes urbanísticos y bla, bla, bla. No es que eso sea inútil, no. Pero hay que actuar para acabar con los adefesios con los que ahora tenemos que convivir y los que ninguna nueva ley hará que desaparezcan. La solución es una sola: la dinamita. Sólo derribar lo feo para reconstruir algo bello puede salvarnos de tanta medianera de uralita. El problema es que los políticos le tienen más miedo a un derribo del que me da a mí oír a Bush hablar de democracia. El primer paso al frente lo ha dado el alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín (PP), que acaba de anunciar que quiere expropiar un mamotreto que ofrece una cementicia bienvenida a todo aquel que entra en ese municipio. Se agradece tanta determinación. Pero, ya ven, el único regidor que parecía tenerlo claro acaba de ser acusado -bueno, una empresa constructora de la que es socio- de una ilegalidad urbanística. No tenemos remedio.