A LO MEJOR es que me lo ha parecido a mí, pero este año se ha abierto un debate generalizado sobre las doce uvas de Nochevieja. La discusión, aunque aparentemente liviana y sin trascendencia, tiene su calado y tal vez por eso me la he cruzado tantas veces durante estos últimos días. El asunto es si valía o no la pena comprar las doce uvas peladas y sin pepitas en envases de aluminio individualizados a un precio que rondaba entre dos y tres euros la unidad. Por si no van mucho a la compra, les diré que por dos euros y medio se puede adquirir kilo y medio de uvas en una frutería de primera división. Y, si nos ponemos farrucos, podemos calcular el tiempo que lleva lavarlas, pelarlas y hasta quitarle las pepitas y convertirlo en euros aplicando la tarifa de un neurocirujano. Aún así, las uvas en lata salen muchísimo más caras. Y sin embargo, se han vendido a paladas. La cuestión no es ya si se han consumido más las uvas de bote o las preparadas por el método tradicional, el tema es que la industria, el sistema, los malos, el capital, llámenle como quieran, considera que nuestra opulenta sociedad está madura para permitirse ese debate: ¿Puedo pagar por doce uvas el precio de 120? Claro que ese sobrecoste incluye el aluminio del bote, su manufactura, el diseño del envase, su estampación, la distribución, la escasa y precaria fuerza laboral que contribuye a ponerlo en el supermercado y los suculentos beneficios. De momento, el precio no incluye el coste del reciclaje del bote, en el improbable caso de que sea reciclado. Así que, si empezaron el año con las uvas de bote, luego no se quejen.