ENTRE TINIEBLAS
25 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Un año más, la Navidad ha obrado el milagro. Yo, en noviembre, era un hombre normal, feliz y razonablemente sano; un hombre vulgar y corriente y, gracias a la Navidad, ahora sólo soy una sombra, un irreconocible retazo de lo que fui. Yo tenía un presupuesto equilibrado que me permitía vivir con una relativa comodidad no ajena a las estrecheces. Sin embargo, ayer, cuando comprobé el estado de mi cuenta corriente, recibí el susto de mi vida: «No es posible», pensé. Una hora de operaciones matemáticas y recopilación de facturas más tarde, descubrí que no sólo era posible, sino que era verdad. No me fue fácil realizar las indagaciones porque tengo el cuerpo para el arrastre tras la cadena acumulada de comidas y cenas de un contenido que supera exponencialmente la capacidad de mi metabolismo. Así que, en el ecuador de esta etapa infernal, me encuentro ya incondicionalmente rendido con mi peor chándal de andar por casa, atiborrado de antiácidos y sin poder librarme de los villancicos con los que me obsequia desde hace días (sin que yo se lo hubiera pedido) la asociación de comerciantes de mi barrio y su ubicua red de altavoces urbanos con potencia suficiente como para entrar en mi domicilio como Pedro por su casa. Si a eso le añadimos los inolvidables momentos que estamos reviviendo con nuestros cuñados y suegras y los proyectamos hacia el tramo final que aún está por venir, ya sólo nos resta recordar que nos está esperando enero con gastos cada año más difíciles de asumir y la consabida intentona para dejar de fumar. He ahí las claves que explican el milagro de la Navidad. Felices fiestas.