AUNQUE el Gobierno no acaba de convencerse, pocas cosas hacen tan fácil la vida de un país como conseguir que se convierta en destino de inmigrantes. Y no se trata de que nos estén manteniendo el nivel de natalidad ni de que haya abundante mano de obra exótica aspirante a camarera o mucama, chófer o peón de la construcción. La influencia y el beneficio van mucho mas allá. El nuevo delegado del Gobierno para el plan contra la droga ha desvelado que las oleadas de inmigrantes traen consigo formas distintas de drogadicción, por ejemplo, la inhalación. Ya ven, ahora que teníamos prácticamente superado el problema de la heroína -dice el mismo delegado-, vienen los inmigrantes a darnos más trabajo antitoxicológico. ¿Y esto es un beneficio?, protestarán algunos lectores. Pues sí, porque los inmigrantes inhalantes contribuirán a mantener en activo esa importante fuerza laboral que son nuestras activas brigadas antidroga, facilitando a la vez su trabajo, ya que es sabido que al inmigrante se le reconoce a primera vista, por su color oscuro o por su color pálido y por una forma extraña de hablar y de no explicarse, que facilita enormemente su conversión en sospechoso y posteriormente en culpable. Una vez condenados, incrementarán el porcentaje ya creciente de reclusos extranjeros, reduciendo al tiempo la porción de presos nacidos en España. Llegará el día, de seguir así, en que algún ministro satisfecho pueda proclamar que en la cárcel ya no hay españoles. Que todos los malos son de fuera. Ya me dirán si con inyecciones de moral de ese tipo las naciones no son mucho más felices.