EN LOS últimos años, infinidad de Pérez y López han hecho auténticas filigranas para despojarse de tales apellidos, que consideraban demasiado comunes. El apaño más usual era acudir al registro e invertir los apellidos, a fin de buscar uno que se creía de mayor sonoridad, hermosura o abolengo. Luis Miguel González, alias Dominguín, fue un portentoso torero, todo un ídolo cañí en la era del facherío. Siguiendo la ortodoxia, el hijo del bravo matador debería llamarse Miguel González. Pero aquello sonaba a poco para el rey del glam. Solución: el fino esteta engendrado por el diestro cambió el castizo Miguel González que le tocaba por el más exótico Miguel Bosé. En algunas ocasiones, se opta directamente por inventarse un nuevo apellido. Puri Martín Aguilera es una artista de tal talento que hasta los ponderados líderes de centro reformista que nos gobiernan tienen a gala la proximidad ideológica de esta creadora. Pero Puri, chica lista, se percató que con el Martín Aguilera del DNI no iba a rascar bola. Así que se convirtió en Norma Duval, la vedette favorita de La Moncloa. Por fortuna, tan rancios planteamientos pasarán muy pronto a la historia. Los normales nos aprestamos a tomarnos nuestra venganza. Los Pérez , los López y los Jiménez cobrarán un nuevo fuste y serán nobles linajes. Todo ello gracias a la revolución de los Ortiz. Y es que los esforzados Ortiz, hasta ahora pasto de chistes zafios a cuenta de las magdalenas del mismo nombre, han pasado de súbito a ser sangre de reyes. Seamos serios: ¿Quién quiere ser un Windsor pudiendo ser un Sánchez?