Tarde de cine

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

DESDE que Kircher inventara en el siglo XVII la linterna mágica y soñara con un centro del mundo hueco y laberíntico, ya ha llovido. Pero ¿qué sería de los largos fines de semana de invierno sin el cine? Mi padre recuerda siempre a un compañero suyo que se suicidó, siendo estudiantes ambos en Santiago, porque ya había visto todas las películas. ¡Helas, qué la carne es triste y ya he leído todos los libros! -decía Mallarmé aburridísimo. Regreso a Madrid y la ciudad está fría y luminosa, con adornos navideños y marujas vestidas de pieles y tacones. Pero la cartelera ha cambiado y me apresuro a hacer cola bajo el temporal, con un paraguas, para ver la última de los hermanos Coen. Buena película de domingo y también de lunes. Bien es cierto que no es Fargo ni Oh Brother pero después de haber visto Intolerable crueldad , una sale fresca, contenta y relajada, dispuesto a comerse una hamburguesa. Y además, perdónenme el desliz, una no puede evitar decirse que George Clonney es un encanto. Gamberro y graciosillo. Con barriga. En este mundo de hombres hormonados, de diseño, con tabletas de chocolate y tatuajes, es un placer descubrir que la indiscutible apostura de Georges Clooney se sustenta de bocadillos y juergas con los amigotes. O eso dice él. Yo me lo creo. También Sofía Loren le debía su exuberancia al spaghetti y Anouk Aimée le debe sus ojeras a los puros. Si Antonio Resines se parece al cuñado que todos tenemos, George Clooney podría ser cualquier vividor del bar de cada esquina. Por eso las mujeres se lo rifan. Y es que, finalmente ¿acaso no nos gusta aquello que nos recuerda nuestra vida?