Dicen que un cambio de imagen es una buena idea cuando alguien se plantea cerrar una puerta en su vida para mirar sólo hacia adelante. Aseguran que anima, que ayuda a reafirmarse a uno mismo y sentirse más fuerte y emprendedor. Falta nos hace reafirmarnos a unas cuantas de mi quinta a quienes nos acaban de dar con la puerta de La Zarzuela en las narices. Así, de repente. Sin anestesia. Menudo fin de semana que hemos aguantado asimilándolo. Así que hoy estoy de peluquero. A quien se encuentre en mi mismo estado le sugiero un peinado de éxito. El de Jennifer Aniston, señora de Pitt. Aunque sinceramente no soy una apasionada de las melenas que tapan media cara, a la chica no le va mal manteniendo su look . Sigue arrasando en Friends y su vida personal navega viento en popa. Además, ayer mismo le nombraron la famosa mejor peinada, por segundo año consecutivo. Por lo visto nadie inventa un peinado que quede mejor a otra actriz. Qué más va a pedir. Y siguiendo con este momento de filosofía capilar, lo que está claro es que hay que sentirse a gusto con la imagen propia. Ejemplo: El señor del bigote de la foto. Tiene cara de satisfacción, ¿verdad? Ahí lo tienen con su modelo triple loop a lo Bufalo Bill en el Campeonato Mundial de Bigotes y Barbas que se celebró este fin de semana en Nevada. Decenas de barbudos y bigotudos se citaron allí y durante horas estuvieron atusándose, enlacando y retocando su vello facial. Y es que hay concursos para todos los gustos, pero todos sonrientes y muy orgullosos. El paraíso de los golosos París también ha vivido un evento que levanta el ánimo a cualquiera. El noveno festival del Chocolate. Eso sí que alegra. Mi sueño es poder hacer lo que la actriz Carole Bouquet, coger con los dedos esa ambrosía líquida y relamer hasta llegar al hueso. Hace olvidar cualquier desamor. Garantizado. En París se citaron algunos de los mejores chocolateros del mundo y presentaron sus exquisiteces. Unas, líquidas; otras, en forma de tableta, de bombones, con especias... Un auténtico capricho para los más golosos. Enrique y el polo Para caprichitos, por cierto, los del príncipe Enrique de Inglaterra. Parece que tiene muy interiorizado lo de vivir como un marajá. Su retiro sabático en Australia, donde teóricamente está trabajando en una granja, le ha servido para decidir qué quiere hacer con su futuro. Desea ser un jugador de polo de primera línea. Como él lo tiene más fácil que otros, pretende decir a papá príncipe Carlos que le envíe un año a Argentina para entrenar con los mejores. Eso, claro, ya no computa como año sabático. Faltaría más.