Pontevedra, entre vírgenes y terrazas

Rubén Ventureira

SOCIEDAD

RAMÓN LEIRO

Todo queda a tiro de sandalia en Pontevedra, salvo la casa natal de Cristóbal Colón, que se sale del plano que entregan en la oficina turística porque, aunque no lo ponga el folleto, cae en Poio. Más experiencias: Hasta el rabo todo es juerga La romería popular de Armancio Ortega Pocho firmó, pinchó y cobró Cuando éramos unos pijos O Barco de Noé no tiene sauna A 38 grados en Extrema-Rúa A pedradas con Tamara Todas las crónicas

12 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

La ciudad es un pañuelo, aunque los pontevedreses la creen tan extensa como la Mancha. Preguntas por dónde se va a un sitio y te sueltan algo parecido a esto: «Vas todo recto, todo recto, todo recto, giras a la derecha, después a la izquierda, y ahí preguntas». Te mentalizas para un trayecto maratoniano, caminas y, cuando completas el recorrido, compruebas que te has movido 150 metros y que fue más larga la explicación que la caminata. Pontevedra es un pañuelo, sí, pero de seda y con muchos pliegues. Entre vírgenes y terrazas transcurre el paseo por su casco viejo, una hermosa emboscada de calles y plazas que esta mañana todavía huelen a vino, porque la del fin de semana fue sonada. La ciudad está en fiestas, por la Peregrina, pero este martes el programa no da para llenar el día, pues sólo hay dos actos y el primero se inicia a las diez de la noche. Así que el turista se busca la vida. ¿Y qué hace? Pues pasear y terracear. Miss Universo El BNG ha reinterpretado el viejo grito de guerra de Fraga. «La calle es suya». Eso ha dicho a los pontevedreses, que se animan a gastar suela y se entregan al terracismo, que ha proliferado a raíz de la peatonalización del casco histórico y aledaños. Son terrazas con vistas escultóricas, y no sólo en el sentido artístico: Pontevedra es a Galicia lo que Venezuela a Miss Universo, o sea, un valor seguro en belleza femenina. Un joven fanfarronea en una terraza de la praza da Verdura: «Estaba tan cansado de mi coche que lo hice descapotable». Curiosa ciudad, con fama de finolis, pero gobernada por el BNG. Pontevedra es un contraste: carteles de Nunca Máis y una pintada que reza «Nunca Amáis». Otra paradoja: la religión está presente a la vuelta de cada esquina, pero su alcalde se niega a escoltar a la Virgen Peregrina, que cientos de paisanos sacaron el domingo en procesión. Cerca de la praza da Verdura («todo a la izquierda, todo a la izquierda, todo a la izquierda» para el pontevedrés) se alza la Capilla de las Apariciones. Aquí estuvieron la Virgen y el Niño Jesús. Se le aparecieron en 1925 a sor Lucía, la pastorcilla de Fátima, cuando tenía 18 años y era novicia en las doroteas de Pontevedra. Una monja me recuerda que Lucía aún vive en Coimbra. El folleto turístico pone que éste es el centro de peregrinación mariana más importante de España. Dos mujeres cuchichean el rosario frente al altar, que está situado justo donde dormía sor Lucía. Además de la Virgen María, el Niño Jesús y sor Lucía, también pasaron por aquí Pitita Ridruejo y Manuel Fraga, que, ya puesto, inauguró un ascensor. Tras rendir visita a la Virgen de la O en la capilla de San Bartolomé y beber una Mecca Cola (la Coca-Cola solidaria) en la Feria de Artesanía, tomo rumbo hacia el Santuario de la Virgen de la Peregrina. El termómetro marca 37, pero aquí dentro se está fresquito. Un niño lee el Marca frente el altar. Lo juro. En un banco encuentro una petición a San Judas Tadeo. Es una cadena. Pone que hay que fotocopiar este papel 81 veces para así depositar nueve en otras tantas iglesias. Se explica que el presidente de Brasil lo hizo y a los 13 días le tocó la lotería. No sabía yo esto de Lula.