Pasa el cronista de la bucólica Casas Novas (Arteixo) a la bulliciosa Pontevedra. De los caballos a los toros media un paso de dinosaurio en lo que atañe a la marcha. ¡La que tienen montada las peñas en el casco histórico! La corrida, en la que Ferrera ha cortado dos orejas y rabo, es la excusa para embutirse en la camiseta de una peña (hay setenta) y beber al cubo. Contemplo la parranda desde el burladero de la serenidad. Son las dos de la madrugada y algunos me llevan diez horas de ventaja en la faena alcohólica. Intento tomar carrerilla en el bar Toro, abrevadero clásico. En el exterior hay un abarrote propio de un sábado, pero el paisaje interior es el de un martes invernal. Pocos piden en la barra porque lo propio es surtirse en tiendas. Vienen equipados los mozos y las mozas, que las hay, como las de la peñas Las Picadoras y Non Me Tourees. Neveras de playa llenas de calimocho. Bidones de agua vaciados para hacerle hueco al letal combinado. Carritos de los supermercados que ofrecen variado surtido alcohólico. Subiendo hacia la praza do Teucro supero sucesivamente un fuego cruzado de calimocho, una batalla de cerveza a presión, un río de ácido úrico y un mar de agua nacido del desborde de una fuente. Quesito naranja Hay gente muy joven, adolescentes que no ganarían el quesito naranja del Trivial si les cae una pregunta de toros, y que te llamarían loco, o pureta, si les cuentas que Rafael Alberti hizo el paseíllo, por primera y única vez, en la plaza de Pontevedra, a la vera de Ignacio Sánchez Mejías. No es el caso de la peña Gin-Kas, gente sabia y veterana. Veinticinco años acaba de cumplir. Entre sus historias me quedo con una, la del peñista que, al paso del diestro y de las cuadrillas, lanzaba al ruedo fajos de billetes de 5.000 falsos, y, cuando éstos se agachaban a recogerlos, tiraba de un hilo largo y fino y los dejaba a dos velas económicas. Esta madrugada hasta los de la peña Beso Negro, antitoreristas declarados que pasan de las corridas, tienen motivos para enjuagarse en calimocho. Pueden celebrar que ha sobrevivido un toro. Fígaro se llama y lleva la divisa azul y negra de Alcurrucén. Jamás se había indultado un astado en los 103 años de plaza pontevedresa. Pese al privilegio, poco tiene que ver este Fígaro con aquel Cañego, de la misma ganadería, al que Julio Aparicio, un 14 de mayo de 1994, y en Las Ventas, realizó una faena «de las que se ven dos o tres en toda una vida de aficionado», que dejó escrito Joaquín Vidal. Eso, que fue excesivo el indulto, raja esta madrugada un catedrático del tendido del 4. El caso es que no hubo seis muertos, sino cinco, y que en el horizonte de Fígaro se abre un futuro a lo Dinio. Hablando en plata, «le darán a 30 jovencitas para que supere el estrés de la corrida», dice Pedro Rivas, gerente del coso. Un mes tardará en recuperarse. La bola extra del indulto le reportará, como mucho, diez años de vida. Fígaro viaja en camión camino de un cortijo situado entre Toledo y Ciudad Real. Se duele. El conductor para y le da un analgésico. Duerme por fin. Pontevedra, bien despierta, es a estas horas de la madrugada un escenario digno del último acto de Las Bodas de Fígaro, de temática cornamental y que concluye con una fiesta que se prolonga hasta el deslumbre del amanecer.