Una televisión inglesa emitirá el viernes un controvertido reportaje sobre el viaje a Suiza de un enfermo para suicidarse con ayuda de una asociación
21 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.En los últimos seis años, 146 personas han muerto en el número 84 de la calle Gertude de Zúrich. Ninguno lo hizo de forma natural. Suizos, alemanes, británicos, libaneses, algún español... todos ellos visitaron el pequeño piso en el corazón de Suiza como paso previo para dejar esta vida. Esa pequeña vivienda es el centro de operaciones de la asociación Dignitas, una sociedad que presta ayuda a las personas que quieren suicidarse. «Vive con dignidad, muere con dignidad», es su lema. El lunes pasado, Reginald Crew, inglés de 74 años con una enfermedad degenerativa, fue allí a morir. Desde hace cuatro años estaba postrado en una silla de ruedas, esperando que su organismo se consumiera poco a poco. «No quiero seguir viviendo así. Ya he tenido bastante», declaró hace semanas. El lunes, Crew se despidió del mundo con un brindis de barbitúricos y con la idea de que su muerte serviría para avivar el debate sobre la asistencia al suicidio en su país. Por eso, dejó que las cámaras de la cadena ITV grabaran su muerte, imágenes que emitirán el viernes en horario de máxima audiencia. En Dignitas todos los casos son burocráticamente iguales, aunque cada uno tiene una duda historia en el fondo. Quienes quieren que Dignitas les ayude a suicidarse tienen que enviar una carta explicando sus motivaciones y toda la documentación médica sobre el carácter irreversible de su enfermedad. El secretario general de la organización, Ludwig A. Minelli, abogado de 69 años, envía la documentación a otro médico, que la examina antes de mantener una entrevista con el enfermo para determinar si tiene capacidad de juicio y realmente está convencido de dar ese paso. En caso afirmativo, el suicida puede pedir día y hora para acabar su existencia. Aunque Bélgica y Holanda son los dos únicos países de Europa en los que la eutanasia está legalizada, un resquicio legal permite la asistencia al suicidio en Suiza. Dice la ley helvética: «Cualquiera que en su propio beneficio instigue al suicidio o preste ayuda será castigado, si el suicidio ha sido consumado o intentado, con prisión de hasta cinco años». De acuerdo con ello, si la ayuda es altruista, no habrá ninguna pena. Flotando en esta laguna han nacido asociaciones como Dignitas y Exit, aunque esta última sólo atiende peticiones de suicidio de enfermos suizos, según ellos, para evitar que el país helvético se convierta en un destino de turismo suicida. Ninguna de las dos cobra nada por sus servicios. Se mantienen con una pequeña cuota anual que pagan los socios (16 euros en Dignitas), aunque en ocasiones también hacen grandes donaciones. Una vez en el piso de Gertudestrasse, todo se desarrolla con rigor de reloj suizo para no incurrir en un delito. Aunque la enfermera es quien prepara la bebida de barbitúricos, es el suicida quien debe coger el vaso y beber por su propios medios. O bien aspirar una droga, con una válvula que han de abrir ellos mismos. «Unos vienen y hablan durante horas antes de decidir ir a la habitación y tomar el último trago. Otros, quieren acabar cuanto antes», dice Erica Luley, enfermera que acompaña a los visitantes del piso. Hay quien llega acompañado por un familiar. Quien se despide de ellos en la puerta e incluso quien se toma tiempo para terminar un libro antes de acabar con todo. Después del sueño relajante que da paso a un coma y a un paro cardíaco, la burocracia vuelve a reinar en la casa. La enfermera avisa a la policía que allí se ha producido un suicidio asistido y al rato se personan los agentes y el juez para ratificar que ha sido suicidio y no asesinato. La funeraria se lleva el cadáver y casi todo vuelve a empezar.