«El canto del búho» recoge las experiencias de «maquis» y «enlaces» Francisco Martínez, Quico, escuchó el primer «alto» de la Guardia Civil un día de octubre de 1947. Tenía 21 años y era un maqui novato. Caminaba por un andén en la estación de tren de O Barco de Valdeorras con sus compañeros de agrupación guerrillera, cuando se toparon de bruces con una patrulla.
21 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El encuentro degeneró en un tiroteo en el que un agente murió y otro fue herido. Quico y los suyos salieron bien parados. Fue un bautismo de fuego y plomo para este luchador antifranquista que, durante cuatro años, deambuló por pueblos de Lugo, Ourense, A Coruña y El Bierzo. Y hacían mucho más que pegar tiros. Organizaban mítines y animaban a la insurrección contra un régimen opresor: «Hubo muchos que, sin armas, fueron guerrilleros, porque la libertad se pagó con la sangre que derramaron», dice hoy. Quico no tardó en convertirse en el jefe de la agrupación León-Galicia del movimiento guerrillero, constituido poco antes en una aldea de Pobra de Brollón (Lugo). Sus vivencias, y las de tantos otros aparecen retratadas en el libro El canto del búho (Oberon), de Alfonso Domingo, a cuya presentación asistieron ayer emocionados algunos de sus protagonistas: el propio Quico, José Murillo y Esperanza Martínez. Sus cuatro años de actividad como guerrillero le depararon a Quico muchos otros enfrentamientos. «Hubo un combate en un pueblo cerca de Os Ancares que recuerdo especialmente, porque el año pasado estuve por allí y me reencontré con la chica que aquel día nos dio de comer. ¡Cincuenta años después! Fue muy bonito», rememora. «Y en el 49, en Ponferrada, nos dispararon a bocajarro. A mí una bala me atravesó el brazo». Recuperar la libertad Suenan a batallitas del abuelo, pero son relatos de una ilusión, la de recuperar la libertad arrebatada, que se mantuvo viva sólo durante un tiempo. «Hasta el año 49 se hablaba del boicot internacional, de que podía haber una transición negociada... Pero cuando fueron cayendo los principales grupos guerrilleros, se perdió el entusiasmo. La lucha guerrillera ya era inviable», explica Quico. El sueño terminó en 1951. Quico era entonces compañero del legendario maqui Manuel Girón, pero éste fue capturado y su cadáver, expuesto como un trofeo a la puerta del cementerio de Ponferrada. Quico tuvo más suerte y huyó a París con otros tres. Sobre él pesaba la pena de muerte por «bandolerismo». Y sabía que el régimen le reservaba un final doloroso. «A los guerrilleros ni siquiera los fusilaban. Iban directamente al garrote vil».