Una mujer hablando por el móvil: «Sí, mañana nos vamos, no sé a cuánto queda de aquí, espera». Pregunta al marido: «¿Bayona es de Orense o de Pontevedra?». Él pone cara de de-sesperación: «De Pontevedra». Ella sigue: «Oye, que no, que estamos en Pontevedra, yo qué sé, cuatro horas o así». Y otra vez al marido: «Que cuánto tardamos a Allariz». Y otra vez él a ella: «¡Pero cómo voy a saberlo! Cuando lleguemos te lo digo, ¡si llegamos!». Estaban sentados en un banco. Hacía nada que había pasado un afilador con su silbido y tres paraguas atravesados al vespino. Quizá él sabría el tiempo de viaje, pero no respondería como el marido a la cuestión de las provincias. Baiona tiene mucho de Ourense, y algo de Madrid, de Portugal, de Francia, de América entera. Ciudadanos todos que guardan cola en la heladería artesana, el paso de peatones y las terrazas de sombra. El Monterreal no es para ellos, pero la réplica de la carabela Pinta , construida en Camposancos, sí. A 0,75 euros, niños gratis. Pitu es el guía cobrador: 21 años, empezó a ir al mar con 16 y la pesca aún le gusta, pero ahora tiene contrato de seis meses. «Descansas y te sales de andar mojado todo el día, no es que gane demasiado, pero con que me dé para los estudios ya está». Estudios de música. Es trombón y toca en la banda municipal y en otras. «Cabe señalar que tras el temporal que les sorprendió en Azores, en el viaje de regreso, la Pinta y la Niña se separaron, llegando la primera a Baiona el 1 de marzo de 1493, pilotada por el gallego García Sarmiento, y la segunda a Lisboa tres días más tarde. Éste fue el primer lugar del Viejo Continente en recibir noticias de América. Y cabe destacar también que...». Sus explicaciones son de libro, imprescindibles para frenar la verborrea de quienes llegan preguntando por Drake y Peter Pan, que al parecer son unos cuantos de los 1.300 que suben cada día. «¿Cuándo zarpamos?», pregunta un señor. «¡Sálvenme, sálvenme!», grita en portugués la abuela de Luís. «¡Al abordaje!», ordena un papá. «¡Mira, Colón!», se equivoca una señora. Es Pinzón sentado ante las cartas. Y al fondo el timonel, y arriba el vigía, y en la bodega los dos indígenas que se trajeron rodeados de cacatúas, maíces, tabaco y otros exotismos. «Escóndete, abuela, que voy a salvarte», grita Luís. El error sobre Colón provoca a Pitu, que hace un alarde de saber sobre la procedencia del marino, «de Poio no era, yo me inclino por Génova»; su escasa sapiencia en navegación, «los que sabían eran los Pinzones»; y su aciago destino, «se trastornó y dicen que murió mendigando, pero otros creen que se encerró en la Corte y nunca más volvió a salir». Al cabo de una hora a bordo de la carabela, todos los visitantes son distintos menos dos: Luís, portugués de 4 años, y su abuela. Siguen jugando. La mujer lo pasa bomba. Simula ser alcanzada por los malos. «¡Luís! ¡Oh, Luís! ¡Los piratas!». Y llega corriendo Luís, clava la espada a los corsarios y grita: «¡Victoria, abuela, victoria». Son lo mejor del barco, lo mejor de Baiona. Pitu dice: «Los niños... Hubo uno de ocho años que venía todos los días solo, subía, se sentaba y estaba horas. Yo pensaba si le pasaría algo en casa, que venía a meditar aquí, pero un día me habló y me dijo que le gustaba esto. Ellos lo pasan bien».